Concluyo que es mejor fracasar que tener un poco de éxito. Es preferible y hasta deseable fracasar rotundamente, sin ambages, radicalmente, que triunfar a medias.
Un fracaso justifica una vida. Un fracaso irrefutable y nítido. O mejor: invisible. Un fracaso justifica una actitud. El fracaso nos permite recrearnos en nuestro particular paraíso perdido nunca realizado, inconcreto (aún a riesgo de que éste pueda terminar convirtiéndose en una jaula). El fracaso deja abierta la posibilidad del éxito. “Que hubiera pasado si”, “todo sería tan distinto ahora”. Por supuesto, un fracaso digno de mención debe ser siempre culpa de los demás, de las circunstancias, de la desventura, nunca producto de nuestras malas decisiones o de nuestra falta de talento.
Por decirlo con el lenguaje escolar, un fracaso es equivalente a un suspenso, siempre nos quedará la posibilidad de presentarnos al “examen de recuperación”, como se decía en otro tiempo. En cambio, el que triunfa un poco, es como el alumno que saca un aprobado raspado y agota la posibilidad de presentarse a la segunda convocatoria. Triunfar a medias nos deja en fuera de juego, inmóviles, sin asideros. Ya nada podemos hacer por triunfar un poco más, ni por fracasar un poco menos. Ya no podemos recurrir la sentencia que dictaminó la realidad.
Sólo nos queda habituarnos torpemente a la penumbra sin fantasías.