Sólo se puede contar cabalmente lo que nunca ha sucedido
Javier Marías
sábado, 19 de septiembre de 2009
sábado, 22 de agosto de 2009
En uno de los cafés del puerto de Corcubión, cuelgan varios mapas marinos que describen con precisión todos y cada uno de los naufragios y hundimientos de barcos en la Costa da Morte. Por ejemplo, vemos que frente a Finisterre se hundió en 1937 un submarino republicano. O la historia del Captain, un barco inglés, hundido por un "temporal mediano". Murieron 470 personas, 18 se salvaron, llegaron con un bote a Finisterre: "estos marineros vieron cómo los derrotaba el mar de Finisterre". Más al norte, leo el nombre Gran Sol, un mar de resonancias literarias familiares. La mayoría de hundimientos los despacha el anónimo autor del mapa con un lacónico: "se abrió una vía de agua...y se coló".
El libro de los argumentos improbables (XV)
Escribir una novela que transcurra en un única escena y escenario, en un cafetería castiza del centro de Madrid. Alcoholes, palillos, y un lenguaje subterráneo al principio. Se titulará Los elegidos.
Es curioso. Recordamos cierta tormenta, algún eclipse de luna, un sol sin piedad, pero nunca recordamos el viento. Escribir un libro titulado La memoria del viento. Hacerme millonario inmediatamente pues todo el mundo lo confundirá con grandes éxitos de nuestro tiempo tales como La sombra de la Catedral, o El viento del mar. Es el único modo loable de convertirse en millonario: por error.
Empiezo aquí estos apuntes dispersos, provisionalmente sin título. Dudo entre dos posibilidades: "Apuntes improbables de viaje" o "Apuntes de un viaje improbable". Como todo escritor frustrado, debo proveerme del mejor material posible, libreta rayada recién estrenada, bolígrafo ultrafino. Así no habrá excusas.
En Chamartín, la España inmemorial se cita nerviosa en cada andén: monjas, familias gitanas, esforzados peregrinos a Santiago, una pareja de franceses tímidos, la chica de provincias que vuelve a su pueblo tras el primer año en la Universidad.
En Chamartín, la España inmemorial se cita nerviosa en cada andén: monjas, familias gitanas, esforzados peregrinos a Santiago, una pareja de franceses tímidos, la chica de provincias que vuelve a su pueblo tras el primer año en la Universidad.
domingo, 16 de agosto de 2009
El libro de los argumentos improbables (XIV)
Escribir un relato sobre un hombre que un buen día pierde para siempre todos los recuerdos que atesoraba, y de repente recuerda todas las cosas que había olvidado. Externamente no cambia nada, sus amigos y familiares lo reconocen, pero él no. Al cabo de unos días su personalidad ha cambiado completamente. Es otro. Otro cuya identidad ha tomado la forma de su olvido.
Gramática parda
Es agosto, un calor infernal sofoca la Gran Vía. La mujer sale de los famosos grandes almacenes. El marido la esperaba fuera. Ella le espeta en voz alta: "¿Qué haces aquí al solitrón?". Y acierta, el hombre está solo, muy solo (solo entre una multitud de paseantes, curiosos, parados, turistas).Y además está bajo el sol, bajo un sol de justicia como dicen los cursis amantes de los tópicos. Solitrón. ¿Por qué me esperas aquí, al solitrón?
sábado, 25 de julio de 2009
En la Casa del Libro, el orden alfabético ha unido a Joyce con Kafka, mientras dos estanterías más arriba, se publicita lo que presumo debe ser un nuevo escritor: Jenofante.
Afuera, en la terraza del Comercial, aspirantes a escritores, de provincias, guardan en carpetas gastadas su primera novela. Tienen todos un aire grave, benetiano, la mirada herida. Estos ancianos treintañeros persisten ingenuamente en la tradición inveterada de los desviados, de los que aspiran a salvar el mundo e invertir el curso de la vida, siempre mucho más vieja y más sabia.
Afuera, en la terraza del Comercial, aspirantes a escritores, de provincias, guardan en carpetas gastadas su primera novela. Tienen todos un aire grave, benetiano, la mirada herida. Estos ancianos treintañeros persisten ingenuamente en la tradición inveterada de los desviados, de los que aspiran a salvar el mundo e invertir el curso de la vida, siempre mucho más vieja y más sabia.
domingo, 12 de julio de 2009
El libro de los argumentos improbables (XIII)
Escribir un cuento oscuro, sobre 2 periodistas (un fotógrafo y una articulista), invitados a visitar Noruega por el ministerio de turismo de dicho país, con el objetivo no disimulado de que glosaran en sus respectivos medios de comunicación las innumerables virtudes locales. La gratuidad del viaje propicia las complicidades, las primeras risas, la nariz de una periodista budista, vegetariana e italiana que les acompaña. El fotógrafo se enamora irremediablemente de la articulista. Ella muestra una resistencia misteriosa, ambigua, a la vez que ofrece varios gestos equívocamente esperanzadores. Una tarde, después de comer en un aislado restaurante de carretera, en medio del bosque, la articulista va al baño, una pequeña cabaña adjunta de madera. Dentro del baño una serpiente gigante, gritos, confusión...hasta que uno de los clientes del restaurante, un tipo de proporciones vikingas, aparece con un cuchillo y le corta la cabeza a la serpiente. Vergüenza tácita del fotógrafo, silencio mortal en el viaje de vuelta.
jueves, 11 de junio de 2009
el pianista no es ressigna a saber quin és el contrapunt, d´estar aquí mirant-te, mentre el més calent és a l´aigüera, i el saxo tenor badalla
el clarinetista prou pena té, que el blues se li ha fet agre
el bateria agafa la baqueta, i la llança al fons de la sala, amb un sol i únic, poderós gest. Quan cau a terra, un espetec mineral sense eco, remor, i la bassarda que fa un esquelat d´elefant, quan es trenca
el clarinetista prou pena té, que el blues se li ha fet agre
el bateria agafa la baqueta, i la llança al fons de la sala, amb un sol i únic, poderós gest. Quan cau a terra, un espetec mineral sense eco, remor, i la bassarda que fa un esquelat d´elefant, quan es trenca
jueves, 21 de mayo de 2009
Divisa shandy
Cada vez que se coge un taxi, pedirle muy cronopiamente al conductor que no te deje en la puerta de casa, que lo haga cerca, pero nunca en la misma puerta. Andar esa distancia dando saltitos, decididamente.
sábado, 16 de mayo de 2009
Réquiem en aguas oscuras
Es cosa sabida. En el estanque del parque del Retiro vive escondido un monstruo marino. Llevo varios días tratando de avistarlo, puede que meses, no estoy muy seguro. Para ello me escondo minuciosamente en los aledaños del lago, casi todas las tardes, incluso muchas mañanas, cuando el trabajo me lo permite.
Cuando pasan las hordas de turistas rusos, disimulo. También disimulo cuando los mariachis ocasionales me escrutan, burlones. Disimulo todo el tiempo. Sólo me comprende silenciosamente aquél hombre joven, cuyo nombre nunca sabré, y que reza puntualmente orientado hacia la Meca, pertrechado tras la sombra de este banco intrascendente. Los atletas dominicales me ignoran. Los encargados de recoger la basura me odian íntimamente, con un odio fraternal, bien lo sé. Pero nadie podrá disuadirme en mi empeño zoológico y metafísico.
Todo empezó, como siempre, o como casi siempre, por azar (o al menos así me conviene recordarlo). Al principio una leve sombra, al día siguiente un destello inesperado, un tiempo más adelante las huellas inequívocas, consolidando lo que sólo podía ser un indicio fantasmal. No quería creerlo, me resistía a hacerlo, pero ahí estaba, todo era monstruo y el mostruo (ya) era yo.
¿De qué me serviría capturarlo? Sólo valdría para confirmar lo evidente, y yo odio las redundancias, especialmente caras a los periodistas y los voceros. Me basta con verlo, una única vez será suficiente.
Algunas tardes he pensado que en realidad el monstruo no existe, que todo ha sido fruto de una deducción precipitada. Pero es justo entonces cuando con más fuerza las aguas se retuercen y vibran, sólidamente. Y un fulgor mineral brilla entre las algas, su figura espectral y el soberbio espinazo de musgo y piedra, recordándome que todo es entraña y fango, y que somos misterio insondable, baba petrificada, corteza y tiempo.
Llueve sin misericordia. Y en los confines de cada ciénaga resucita mi obsesión sofocada.
Cuando pasan las hordas de turistas rusos, disimulo. También disimulo cuando los mariachis ocasionales me escrutan, burlones. Disimulo todo el tiempo. Sólo me comprende silenciosamente aquél hombre joven, cuyo nombre nunca sabré, y que reza puntualmente orientado hacia la Meca, pertrechado tras la sombra de este banco intrascendente. Los atletas dominicales me ignoran. Los encargados de recoger la basura me odian íntimamente, con un odio fraternal, bien lo sé. Pero nadie podrá disuadirme en mi empeño zoológico y metafísico.
Todo empezó, como siempre, o como casi siempre, por azar (o al menos así me conviene recordarlo). Al principio una leve sombra, al día siguiente un destello inesperado, un tiempo más adelante las huellas inequívocas, consolidando lo que sólo podía ser un indicio fantasmal. No quería creerlo, me resistía a hacerlo, pero ahí estaba, todo era monstruo y el mostruo (ya) era yo.
¿De qué me serviría capturarlo? Sólo valdría para confirmar lo evidente, y yo odio las redundancias, especialmente caras a los periodistas y los voceros. Me basta con verlo, una única vez será suficiente.
Algunas tardes he pensado que en realidad el monstruo no existe, que todo ha sido fruto de una deducción precipitada. Pero es justo entonces cuando con más fuerza las aguas se retuercen y vibran, sólidamente. Y un fulgor mineral brilla entre las algas, su figura espectral y el soberbio espinazo de musgo y piedra, recordándome que todo es entraña y fango, y que somos misterio insondable, baba petrificada, corteza y tiempo.
Llueve sin misericordia. Y en los confines de cada ciénaga resucita mi obsesión sofocada.
lunes, 20 de abril de 2009
sábado, 18 de abril de 2009
Abro el periódico por la sección de noticias locales. Un interesante artículo sobre escritores latinoamericanos que residen en Madrid. Inicialmente, miro sin prestar mucha atención la fotografía que ilustra el artículo. Al cabo de unos segundos de escrutarla, me doy cuenta de que en ella aparece un tipo que es, sin lugar a dudas, mi doble. En un primer momento no había caído en la cuenta del parecido aterrador, pero al cabo de unos segundos confirmo horrorizado que somos idénticos. Peor, mi doble es escritor, así que mi vocación (ya frustrada en primera instancia) ahora lo es de un modo abrumador (he estado a punto de escribir 'por motivo doble'), puesto que "él" se me ha adelantado.
El pedante haría una sesuda disertación sobre el motivo del doble en la literatura, desde Stevenson hasta Borges, pasando por Poe. Pero ninguno de ellos me salvará del horror de haber conocido la multiplicación, mi duplicación, mi rostro desfigurado por un espejo espectral.
El pedante haría una sesuda disertación sobre el motivo del doble en la literatura, desde Stevenson hasta Borges, pasando por Poe. Pero ninguno de ellos me salvará del horror de haber conocido la multiplicación, mi duplicación, mi rostro desfigurado por un espejo espectral.
viernes, 10 de abril de 2009
Al fondo a la derecha
La siguiente escena tiene lugar en una recia cafetería de la capital (no se especifica de qué país, así los espectadores harán libremente sus pronósticos, en función de sus antipatías regionales):
- Camarero (permanente cara de asco, mirada inquisitoria y fija en el extremo opuesto de la sala): Grñfu (en realidad no ha dicho nada, pero lo podemos interpretar como un 'Buenos días')
- Cliente (voz temblorosa): Un café con leche por favor
- Camarero (abandona le escena airado, antes de que terminemos la petición, sin anotar nada en su libreta)
En la siguiente escena, vemos al cliente tomando un par de tostas y un zumo de naranja. Una interpretación sin duda precipitada nos podría llevar a pensar que el camarero se equivocó. Nada más lejos de la realidad. El vanguardista gremio de camareros de la capital ha venido desarrollando en los últimos siglos una rara capacidad extrasensorial para adivinar, qué es lo que, EN REALIDAD, le gustaría tomar al ignorante comensal.
Ante tan imponente demostración de la selección natural, el cliente termina por claudicar, satisfecho de que hayan pensado por él, qué carajo, y aliviado de que, de momento, nadie le haya insultado.
Tras unos minutos dedicados a marear con una cucharilla el zumo de naranja, el cliente desespera en su intento por tratar de dar más de dos sorbos consecutivos. Pese a haber apartado la mosquita que felizmente aleteaba en la superficie del líquido, no ha podido vencer su miedo pánico a que un pelo ajeno baile toda la mañana por su esófago.
Escena final:
- Cliente: La cuenta por favor
- Camarero (permanente cara de asco, mirada inquisitoria y fija en el extremo opuesto de la sala, pero ahora con voz de tenor) : Quince con setenta
El cliente paga gustosamente, sale de la cafetería dando alegres saltitos de alegría, peor sería que le hubieran pegado, o lo hubieran secuestrado, o lo hubieron escupido o humillado ante el resto de clientes.
Así hasta la próxima vez, en la que sin duda procurará ser más amable, más receptivo, y admirar como verdaderamente merece la generosa disposición de tan noble gremio.
- Camarero (permanente cara de asco, mirada inquisitoria y fija en el extremo opuesto de la sala): Grñfu (en realidad no ha dicho nada, pero lo podemos interpretar como un 'Buenos días')
- Cliente (voz temblorosa): Un café con leche por favor
- Camarero (abandona le escena airado, antes de que terminemos la petición, sin anotar nada en su libreta)
En la siguiente escena, vemos al cliente tomando un par de tostas y un zumo de naranja. Una interpretación sin duda precipitada nos podría llevar a pensar que el camarero se equivocó. Nada más lejos de la realidad. El vanguardista gremio de camareros de la capital ha venido desarrollando en los últimos siglos una rara capacidad extrasensorial para adivinar, qué es lo que, EN REALIDAD, le gustaría tomar al ignorante comensal.
Ante tan imponente demostración de la selección natural, el cliente termina por claudicar, satisfecho de que hayan pensado por él, qué carajo, y aliviado de que, de momento, nadie le haya insultado.
Tras unos minutos dedicados a marear con una cucharilla el zumo de naranja, el cliente desespera en su intento por tratar de dar más de dos sorbos consecutivos. Pese a haber apartado la mosquita que felizmente aleteaba en la superficie del líquido, no ha podido vencer su miedo pánico a que un pelo ajeno baile toda la mañana por su esófago.
Escena final:
- Cliente: La cuenta por favor
- Camarero (permanente cara de asco, mirada inquisitoria y fija en el extremo opuesto de la sala, pero ahora con voz de tenor) : Quince con setenta
El cliente paga gustosamente, sale de la cafetería dando alegres saltitos de alegría, peor sería que le hubieran pegado, o lo hubieran secuestrado, o lo hubieron escupido o humillado ante el resto de clientes.
Así hasta la próxima vez, en la que sin duda procurará ser más amable, más receptivo, y admirar como verdaderamente merece la generosa disposición de tan noble gremio.
Paseo matinal y perezoso por la Casa de Campo. En medio del bosque descubrimos estos restos de la guerra civil, cabe recordar que la Casa de Campo fue un frente durante toda la contienda:

Restos de fortines y trincheras, todavía sin domesticar. Y, al cabo, mejor así: lejos de las melifluas declaraciones de recuperación de la memoria de unos, e igualmente a salvo de la voracidad especulativa de los otros. Mejor así, cruzando la línea del tiempo para estamparse en nuestras narices.

Restos de fortines y trincheras, todavía sin domesticar. Y, al cabo, mejor así: lejos de las melifluas declaraciones de recuperación de la memoria de unos, e igualmente a salvo de la voracidad especulativa de los otros. Mejor así, cruzando la línea del tiempo para estamparse en nuestras narices.
lunes, 6 de abril de 2009
El libro de los argumentos improbables (XII)
Promesas como serpientes en el aire en este espacio virtual del que se puede ir y venir, incluso encontrar, buscar siempre.
Escribir un libro protagonizado por un personaje estrictamente racional, cuyas motivaciones, juicios y razones se atengan minuciosamente al análisis presuntamente neutral y objetivo de los hechos -vagamente- observables. A lo largo del relato se pondrá de manifiesto que, su lógica implacable, le conduce inconscientemente hacia un final previsiblemente catastrófico. Al lector le repugnará su ideología, pero simpatizará con sus penosas andanzas.
Escribir un libro protagonizado por un personaje estrictamente racional, cuyas motivaciones, juicios y razones se atengan minuciosamente al análisis presuntamente neutral y objetivo de los hechos -vagamente- observables. A lo largo del relato se pondrá de manifiesto que, su lógica implacable, le conduce inconscientemente hacia un final previsiblemente catastrófico. Al lector le repugnará su ideología, pero simpatizará con sus penosas andanzas.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo
'Los justos', Jorge Luis Borges
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo
'Los justos', Jorge Luis Borges
domingo, 25 de enero de 2009
Escribir una falsa biografía novelada sobre Francis Bacon, centrada en dos de sus visitas a Madrid: la primera en 1956, y la última en 1992.
Junio de 1956. La primavera, y como paisaje de fondo el hotel Ritz, pero también episodios en una pensión oscura, una deuda jamás saldada, la violencia de los bajos fondos, la atmósfera irrespirable. Sus visitas al Prado, Goya y Velázquez, no toma notas, sólo estudia las pinceladas, minuciosamente, como debe ser. Morfina. Y bocas, bocas que tragan y expulsan, y aullan en este páramo.

Después una elipsis, hasta su vuelta a la ciudad en 1992, ya enfermo, para morir cerca de su viejo amor español. Un homenaje velado a los que siempre están fuera de lugar, a los que viven en un tiempo que no es el suyo.
sábado, 24 de enero de 2009
Leo con interés en El País un artículo de Vila-Matas sobre los catálogos, siempre arbitrarios y caprichosos: "Si nos convertimos en hacedores de un catálogo, veremos que éste siempre nos sobrepasa y que, además, es recomendable no agotarlo y permitir que los lectores te reprochen haber dejado de lado muchos nombres o datos."
Enero frío y ventoso, sólo las canciones abrigan los días.
Enero frío y ventoso, sólo las canciones abrigan los días.
martes, 13 de enero de 2009
Fatiga (y mucho) dar la vara sobre el ruido que nos asola, sobre la pertinaz mediocridad que nos rodea, o sobre la inveterada estrechez de miras de nuestros gerifaltes. Por si fuera poco, la sombra del poder es alargada, por lo que nunca faltará el paniaguado de turno que nos recuerde que nosotros también somos producto de dicho paisaje o, lo que es peor, que ratifique con total gratuidad que el sentimiento que nos motiva es una mezcla indisimulada de envidia y amargura. Con idéntica furia nos acechará el optimista panglossiano, íntimamente convencido de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, y que nunca podremos cambiar nada. Pero qué le vamos a hacer, a pesar de todo uno camina, como el poeta, sin esperanza, con convencimiento.

En medio de tan desolador paisaje, una exposición estimulante: ‘La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en la Segunda República. Arquitectura y Universidad durante los años 30’ (Centro Conde Duque). Una muy documentada muestra sobre el proyecto de reforma educativa, que nos podría haber situado en la vanguardia de la enseñanza y la investigación en Europa. Todos sabemos cómo terminó, pero es pertinente recordarlo hoy, sin nostalgia, con la mirada puesta en el porvenir.
viernes, 2 de enero de 2009
El libro de los argumentos improbables (XI)
Escribir una novela que suceda en un país imaginario llamado Albatania. Dicho país está dominado por una neblina permanente (el sol luce tres días al año). Se habla una variante del francés, contaminada por vocablos de origen probablemente eslavo. El régimen político es vagamente autoritario. Sus habitantes sólo tienen un tema de conversación: el clima (de hecho, dedican a su estudio todos sus esfuerzos).
martes, 30 de diciembre de 2008
Taxonomía del odio
Así como hay personas a las que odias de buenas a primeras, hay otras a las que vas odiando lentamente, con una convicción tal vez más profunda y minuciosa.
Por otro lado, hay personas a las que antes odiabas y que, con el tiempo, has apreciado algún rasgo en su personalidad, oculto en un primer momento, que las puede llegar a redimir.
Por otro lado, hay personas a las que antes odiabas y que, con el tiempo, has apreciado algún rasgo en su personalidad, oculto en un primer momento, que las puede llegar a redimir.
martes, 9 de diciembre de 2008
Primer asalto - Y ya van cuatro semanas sin un mal post. Cuatro semanas en este aire espeso e inmóvil. Cuatro semanas paréntesis. Cuatro semanas elipsis. Ding dong ding dong. Por mucho que te muevas, siempre te alcanzarán.
Segundo asalto - Descubrir que hay un lenguaje poético oculto en nuestras vidas ultratecnológicas. Por ejemplo, esta chica que, desafiando tu perplejidad, toma el mando a distancia y te anuncia desacomplejada: "Enciendo el aire". Y tiene razón.
Tercer asalto - Ding dong ding dong. Vivir en una ciudad y en un tiempo que no nos pertenecen. Ser depositarios de una herencia perfectamente inútil. Bucear entre los restos del naufragio. Perder por puntos este combate amañado.
Segundo asalto - Descubrir que hay un lenguaje poético oculto en nuestras vidas ultratecnológicas. Por ejemplo, esta chica que, desafiando tu perplejidad, toma el mando a distancia y te anuncia desacomplejada: "Enciendo el aire". Y tiene razón.
Tercer asalto - Ding dong ding dong. Vivir en una ciudad y en un tiempo que no nos pertenecen. Ser depositarios de una herencia perfectamente inútil. Bucear entre los restos del naufragio. Perder por puntos este combate amañado.
sábado, 8 de noviembre de 2008
Tratado de urbanismo
La gente acelera el paso en los pasillos subterráneos, ignorando que la oscuridad a veces es una bendición, un refugio, algo así como el olvido. Paseo por el Madrid umbrío, poca dulzura en estos perfiles recios, la frialdad ministerial y marmórea, mezclada con la antipatía del asfalto, como una gran lengua que se enreda y se forja en este humo de tabaco negro negrísimo. Aquí nadie se aparta de su camino, todos insisten tercamente en su imaginaria senda, en una especie de ignorancia debilerada y recíproca.
jueves, 6 de noviembre de 2008
Pesadilla
Esta noche he tenido una pesadilla extrañísima. La acción empieza en un autobús urbano. Me subo a él, viejos conocidos, hasta aquí todo normal. Nadie me mira. Intento hablar con alguien pero todos me rehúyen, una mujer me mira con extrañeza. De repente me doy cuenta de que el autobús se dirige a una plaza de toros. Y no sólo eso, caigo en la cuenta de que debo ser el torero. Pánico automático. Nunca he toreado, debe ser un error. Ensayo algunos pases, con poca gracia, a escondidas. Rezo para que el toro haya encogido en las últimas horas. Resignación. Qué voy a hacer. Todo parece perfectamente dispuesto para la tragedia. Llego a la plaza de toros.
La siguiente escena ya transcurre en la arena de la plaza. Estoy solo. De momento no hay toro. A lo lejos veo una figura coloreada que se me acerca. Es un torero. Me mira con desapego, como si me odiara. Me clava el estoque sin compasión, de repente entiendo que el toro soy (era) yo.
La siguiente escena ya transcurre en la arena de la plaza. Estoy solo. De momento no hay toro. A lo lejos veo una figura coloreada que se me acerca. Es un torero. Me mira con desapego, como si me odiara. Me clava el estoque sin compasión, de repente entiendo que el toro soy (era) yo.
sábado, 25 de octubre de 2008
Plaza del 2 de mayo, glorieta de Quevedo. En Madrid, los sábados por la mañana no tienen entidad por sí mismos. En realidad, se podría decir que las mañanas de los sábados son un apéndice de las noches de los viernes, más poderosas éstas últimas, alargando su oscura sombra resacosa hasta el mediodía del día siguiente, en el que la ciudad parece un tímido fantasma, con sus procelosos silencios y las latas de cerveza vacías todavía en medio del asfalto. Olor a lejía y un silencio que nos acerca el rumor de las batallas que ya se han librado.

En cambio las plazas cumplen con todos los tópicos imaginables. Con sus terrazas tópicas y sus niños tópicos. Con sus glorietas tópicas y sus abuelas y sus perros tópicos. Pero basta ya de tópicos. ¡Acabemos con todas las plazas! ¡Huyamos de nuestro destino! Detengámonos por fin en este destello de libertad.

En cambio las plazas cumplen con todos los tópicos imaginables. Con sus terrazas tópicas y sus niños tópicos. Con sus glorietas tópicas y sus abuelas y sus perros tópicos. Pero basta ya de tópicos. ¡Acabemos con todas las plazas! ¡Huyamos de nuestro destino! Detengámonos por fin en este destello de libertad.
sábado, 18 de octubre de 2008
Como están las familias de peruanos yendo alegremente hacia el Retiro, a pasar el día, están las parejas haciendo el amor en los bancos del paseo, demorándose, sin tocarse, entre la fiebre y el fulgor en este otoño benigno. Paseo sin rumbo por la feria de libros antiguos, compro un libro de Aldecoa y otro de Azaña. Si en España quieres guardar un secreto, escríbelo en un libro: Azaña dixit. Observo a estos abuelos, comiendo en su residencia. Hay uno con una bolsa de plástico en la que esconde un paquete de cigarrillos. Constato que como siempre, o como casi siempre, todos disimulan, todos fingimos, como si nunca hubiera sucedido nada. Pero bajo estos chopos hay ceniza, lo sé. Basta con detenerse a oír el rumor de sus huesos.
domingo, 28 de septiembre de 2008
¿Qué pasaría si nunca más escribiera? Lo sé demasiado bien: no pasaría nada. Dejo Barcelona para ir a vivir a Madrid. En el fondo pienso que es un buen momento, Barcelona ha muerto, o al menos ha muerto la ciudad que un día soñamos que nos pertenecía. No sé si las uvas son amargas o no, como en la fábula, lo único que sé es que me niego a ser un extra que hace de camarero en una película de Woody Allen. Volveremos a la ciudad, lo sé, más pronto que tarde, pero ahora es momento de asomarse a nuevas presencias y nuevos encuentros. De descubrir el Madrid que una visión parcial e interesada nos ha querido presentar como una ciudad gris y sucia, remedo de un poblado manchego, cuando en realidad es una ciudad de primer orden, magnífica, que se regenera y se reinventa en cada esquina, cada mañana, todos los días.
miércoles, 27 de agosto de 2008
Ya de vuelta de las vacaciones, todo por hacer, nada que escribir. Somos una arruga gigante. Si miras fijamente la piel de tu mano lo verás. No lo sé. Voy a la óptica a encargar una gafas, una amable oculista me examina los ojos. Miopía. Astigmatismo. Ni tan siquiera te entregan un papel con el diagnóstico. Hasta la enfermedad han privatizado. Nadie dice nada. Todos tenemos miedo. Vivimos en un gran supermercado abandonado a las afueras de una ciudad extinta. Leo la crónica de Norman Mailer sobre el combate entre Alí y Foreman en Kinshasa. Todo lo que el hombre tiene de genio, es aquello que logró conservar de pequeño. Explorar las posibilidades de la escritura automática.
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